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Los Metaviajeros llegan a… ¡Las Tierras Mágicas!

Dos horas más tarde ya se había establecido un campamento en toda regla y el embajador Nyobe paseaba por la costa, aunque sin alejarse mucho del sitio donde el equipo civil preparaba sus instrumentos. A su derecha Horus inspiraba profundamente mientras su vista de halcón recorría el bosque, aunque no decía palabra. A su izquierda –abriendo los verdes ojos enormemente de pura admiración y respirando como si se tratara de sus últimos momentos sobre la tierra– iba una mujer alta, delgada, de enrulado pelo corto, cuya piel no era exactamente negra sino de un lustroso color miel oscuro, ataviada con camisa y bermudas de color caqui y recios aunque cómodos borceguíes.
–¡Es… es la selva más hermosa que he visto en mi vida! –exclamó por fin.
–¿Emocionada, doctora Masekela? –preguntó el diplomático.
–¿Quién no lo estaría? Esto es simplemente maravilloso… Nunca soñé que la naturaleza pudiera mostrarse tan… tan exuberante, tan nítida, si me entienden.
–He conocido una época en la cual todos los bosques de vuestra Tierra eran como éste –dijo al fin Horus–. Una era en la cual vosotros erais jóvenes e inocentes y aún no habíais inventado mil y un formas de arruinar vuestro propio mundo. Vuestros antepasados crecieron y aprendieron a sentir, a pensar, en aquellos bosques feraces. Pero luego la oscuridad os corrompió, alejasteis vuestros corazones de la verdad y la belleza y lastimasteis el espíritu mismo de la Tierra. Y, con esa herida, heristeis también a sus hijos.
–Duras palabras, embajador Horus…
–Pero verdaderas, embajador Nyobe. Nadie como vosotros, los humanos, ha tenido sobre esta tierra el potencial de crear tanto o destruir tanto a la vez. Nadie como vosotros ha sido capaz de tanto amor y tanto odio, de infundir tanta pasión, de contagiar hasta a su propio suelo con sus más excelsos pero también con sus más repugnantes sentimientos. Sois los depositarios de grandes dones, pero también de una pesada carga, que muchas veces ha doblado vuestros hombros y os ha arrastrado por los abismos. Estáis viendo el mundo como era cuando vuestros padres lo recibieron, como era cuando aún ni siquiera los chemaiari lo habíamos conocido.
–Esas son palabras terribles, embajador… –dijo la científica– ¿Es que acaso todos los humanos estamos tan perdidos?
–No… no todos. Todavía hay muchos capaces de verdadera comunión con la madre tierra y su espíritu.
Las miradas de los tres se dirigieron hacia el Green Shaman, que estaba sentado en posición de loto entre dos árboles, en la linde misma de la gran selva. Se había despojado del chaleco y su bronceada espalda brillaba al sol, porque Luke no miraba hacia el mar sino hacia el profundo interior de la foresta, aunque sus ojos estaban cerrados. Sus manos tocaban la hierba, donde parecía haber enterrado los dedos. Su cabeza se inclinaba ligeramente hacia su pecho, pero la espalda estaba recta, erguida. Había estado así una hora entera, mientras la Leona había partido guiando a un pequeño grupo de soldados a una exploración más profunda y Tatsúo se quedaba por los alrededores del campamento, practicando tai-chi pero con todas las armas a mano.
El rumor en medio de la impenetrable floresta dejó al japonés paralizado justo en medio de uno de los gráciles movimientos con la pierna izquierda en el aire, los brazos en semicírculo y una expresión de profunda paz en el rostro, que se trocó de inmediato en suspicaz alerta mientras sus ojos se abrían listos a verlo todo y, en un solo e increíblemente rápido paso, tomaba la katana enterrada en la arena y adoptaba la posición de combate. Cuando el destacamento a su alrededor comenzó a darse cuenta de que se había movido y ya buscaba la causa de la perturbación el propio suelo pareció estremecerse bajo pesados pasos que se acercaban.
Alzando la vista Tatsúo notó el movimiento entre los árboles, del lado del río. Las copas se agitaban, como si algo inmenso avanzara hacia el campamento.
Los soldados adoptaron finalmente sus posiciones defensivas, mientras los embajadores se acercaban corriendo. El teniente Harris hizo una seña a sus hombres para que estuvieran alertas pero no dispararan. Allá en su rincón, Luke abrió finalmente los ojos con una sonrisa y, levantándose con parsimonia pero sin esfuerzo, caminó hacia el grupo con paso ágil y mesurado.
–¡No hay nada que temer! –exclamó– Creo que estamos a punto de encontrar lo que buscábamos.
–¿Y cómo lo sabe? –preguntó la científica.
–Los árboles me lo dijeron… –replicó, mientras se volvía hacia el río con expresión de tranquila curiosidad y se ponía el chaleco.
–¿Los árboles se lo dijeron?– Preguntó extrañado el comodoro.
–Luke viene de un pueblo muy unido a la tierra –explicó Tatsúo mientras enfundaba la katana con dos gráciles y precisos movimientos–. Si alguien podía entrar en contacto con esta selva era justamente él y eso estuvo haciendo. ¿Recuerdan que les dijimos que aquí hay una vida mucho más plena de lo que suponían y que a toda costa había que evitar dañar la vegetación?
–¿Pero acaso insinúa que estos árboles… hablan?
–No con palabras –siguió el cheyenne–. Pero sus corazones aceptaron comunicarse con el mío, por llamarlo de alguna forma… y me contaron algunas cosas. Rio arriba hay una ciudad, habitada por “los que caminan en dos pies por la tierra”, como ellos los llaman. Sabían de nuestro desembarco, ahora se acerca una delegación.
–¿Acaso se trata de gigantes? –el portugués comenzaba a ponerse nervioso.
–¿Gigantes? No, no lo creo…
Una sombra gris comenzaba a perfilarse entre los árboles. Los africanos sonrieron a un tiempo al darse cuenta de qué se trataba.
–Tranquilo, comandante… –dijo al fin el embajador– Por un momento nos han traicionado los nervios, pero deberíamos haberlo pensado: Al fin y al cabo, muchos pueblos usan al elefante como bestia de tiro, carga y medio de transporte.
Efectivamente, ahora todos podían ver que lo que se acercaba era un gran paquidermo… ¡Pero qué ejemplar!
Su alzada a la altura de los hombros era de al menos seis metros –contra los tres o cuatro del elefante común– y de la cabeza a la cola mediría casi diez metros. Las orejas eran un poco más pequeñas en relación a la cabeza que las del elefante africano, pero no tanto como las del asiático. En su mandíbula aparecían los dos grandes colmillos, que en su caso eran espirales como los de los mamuts. Sus enormes ojos oscuros denotaban gran inteligencia y la larga trompa oteaba a derecha e izquierda mientras avanzaba con sus inmensas patas, ligeramente más largas que las del Loxodonta africana en relación al cuerpo, también más estilizado. Debía pesar entre ocho y nueve mil kilos y la piel era de un color entre amarronado casi gris y un verde oscuro musgoso, como si la gigantesca bestia tuviera cierta capacidad de mimetizarse en su entorno.
El conductor iba sentado a la manera hindú –con las piernas cruzadas sobre el cuello del animal, casi en posición de loto– y tras él se ubicaban, en cuclillas sobre el lomo, cuatro personas. Todos tenían la piel de un color ébano brillante y lustroso y vestían una especie de toga corta de brillantes colores, portando grandes arcos y carcajes llenos de flechas a la espalda… pero también pistolas colgadas de la cintura. Mientras su cabalgadura cruzaba el río pudieron notar que eran en total tres hombres y dos mujeres, todos de negrísimos y lacios cabellos que ellas realzaban con alguna especie de tiara, dos de ellos llevaban cortos y el último, el conductor, atado en una trenza a la espalda.
El animal terminó el cruce y, a una palmada de su cornac –como se les llama en India– se detuvo e inclinó las patas, tendiéndose. Entonces los cuatro del lomo saltaron a tierra con maravillosa agilidad sin hacer un solo ruido y se plantaron ante los visitantes, que ahora pudieron notar otros detalles: Sus rostros eran sin duda nobles y hermosos e irradiaban a la vez paz y fortaleza. Sus orejas eran ligeramente puntiagudas y su estatura promedio parecía el metro ochenta.
–Moreledi… –susurró el japonés, extasiado.
–¿Perdón? –preguntó la científica mientras el embajador Nyobe se adelantaba ceremonialmente y hacía una breve reverencia hacia los recién llegados, que contestaron de la misma manera, aunque nadie dijo una sola palabra.
– Son moreledi, doctora… ¡Elfos de raza negra!

Sobre el autor

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Néstor E. Catalogna

Más de medio siglo como fan de la Fantasía, la Ciencia Ficción, el comic y sobre todo de LOS LIBROS. Primer Metaviajero, fabricante de varitas y creador de Universos.

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