Crónicas Novedades

Convivencia

Por el doctor Eduardo Eldar, CEO de Argos Internacional y miembro de la Orden de los Metaviajeros

Ya han pasado diez años desde la Caída de la Barrera.
No voy a ahondar en los acontecimientos que nos han traído –para bien o para mal– hasta este punto, que son de público conocimiento, así como mi papel y el de mis amigos y compañeros. Solo recordaré que, tras esto, el mundo ha experimentado un cambio que muchos no creían posible, en todo sentido.
Viejas costumbres y formas de pensar han caído en desuso, las leyes han variado… Incluso nuestro día a día ha cambiado por completo. Y, sin embargo, algunas viejas formas de pensar –no todas positivas– prevalecen. Muchas veces, para nuestra desgracia.
Hace poco, un periodista me pidió opinar sobre las “críticas” que algunos lanzaron contra Argos Internacional por haber contratado oficialmente a elfos, duendes, enanos y gente de otras razas, supuestamente “en desmedro” de los trabajadores humanos. ¿En serio? En ese momento me vi obligado a controlarme, por lo que preferí dar una respuesta “neutra”… Pero ahora puedo extenderme sobre el punto.
Tengo la suficiente cantidad de años –aunque no lo parezca– como para recordar muchas cosas que, junto a tantos otros, he vivido en carne propia. Y no puedo menos que preguntarme… ¿Alguna vez aprenderemos? ¿Seremos capaces de convivir?
Y no hablo de cohabitar. Cuando no hay más remedio, todos nos conformamos con estar en el mismo espacio –mundo, país, ciudad, pueblo, barrio…– con otros que no piensan o sienten como nos otros: “distintos”, “diferentes”, etc.

Pero convivir –coexistir en armonía, según la RAE– es, como dicen, harina de otro costal.

No puedo menos que notar que las especies inteligentes –al menos las que conocemos– tienen una lamentable tendencia a desarrollar prejuicios y desconfianza ante lo diferente. Ya se trate de la estatura, el color de piel, las costumbres, la religión, las elecciones de estilo de vida y sexualidad, la forma de las orejas… Todo sirve como excusa para iniciar discusiones, peleas… e incluso guerras. Siempre aparecen “especialistas” –o al menos así se auto titulan, digamos– deseosos de demostrar que “el otro” es, en realidad, inferior.
Por ejemplo: En el siglo XIX, la pseudociencia llamada frenología afirmaba que el carácter y los rasgos de la personalidad, así como las tendencias criminales, se basaban en la forma del cráneo, cabeza y facciones. Y, como la inventó un ciudadano alemán y la difundió un francés –ambos hombres y blancos– sus “expertos” se complacieron en hallar rasgos negativos en las mujeres y en otras etnias.
Y, para ser ecuánimes, durante la segunda mitad del siglo XX vimos como algunos movimientos nacidos de una necesidad de lograr igualdad y justicia en los estados racistas del sur de EEUU degeneraron en ámbitos de “discriminación inversa”, es decir, gente de raza negra descartando o denigrando a la raza blanca por su color… Que es paradójicamente lo mismo que sucedía, pero al revés. Con las religiones, ni hablemos.

Lo que me cuesta comprender –y no soy el único, creo– es por qué nos cuesta tanto hallar un punto medio. Oscilamos violentamente de un extremo a otro como si el medio no existiera, como si generalizar in extremis fuera la regla.
Los medios masivos no están exentos de este comportamiento: Hemos visto tanto en el cine y la TV como en las redes sociales cómo se pasaba, por ejemplo, del extraterrestre bueno, que tendía su mano –o apéndice equivalente– en señal de amistad al monstruo espacial que solo buscaba destruir y conquistar. De los futuros moderadamente utópicos a los francamente distópicos. De “está prohibido hablar de opciones sexuales distintas” a “es obligatorio meter algo de eso en todos lados, aunque no tenga nada que ver”. O los códigos ridículos sobre qué “era correcto” mencionar –créase o no, Lucille Ball fue cuestionada por mostrar su embarazo en la famosa comedia que hacía con su esposo–, que dieron paso a la “cultura de la cancelación”, donde no se puede decir NADA porque siempre hay alguien que se ofende. Una vez más, extremos, no medios.
Quiero ser claro en una cosa: He sido educado en el mayor de los respetos por todos, en todo sentido. Como es público, soy en parte elfo y mi esposa es banelede. Día a día trabajo codo a codo con humanos, elfos, centauros, duendes, vampiros e incluso orcos, de todos los colores existentes. Entre mis amigos se cuentan varios con elecciones sexuales no tradicionales: abstinencia total, asexualidad, bisexualidad, plurisexualidad, etc. Y, tanto en el trabajo como en la vida, a todos nos importa exactamente un comino. Somos capaces de trabajar, bromear unos con otros, compartir comidas y hablar de todo con opiniones distintas, aunque sin agresión y con respeto.
Entonces… ¿Por qué como sociedades inteligentes nos cuesta tanto convivir? ¿Por qué, aun hoy en día, se duda en elegir al más competente para tal o cual puesto solo porque es de otra especie, otro color, otra religión, o hizo otra elección para su sexualidad? ¿Por qué se descarta al otro solo por pensar distinto? ¿Tanto cuesta decir “vos pensás así, yo asá, pero nos respetamos y cada uno hace la suya”?
En el siglo XVIII Voltaire dijo: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. ¿Por qué –más de trescientos años después– seguimos, como sociedad, sin poder decir lo mismo?
Lo que nos define es nuestra capacidad de pensar y sentir. De progresar, de superar las dificultades, las mezquindades, incluso las peores desgracias. ¿Por qué, entonces, no podemos superar esta pequeñez mental?
Un individuo no se define por una sola opción sino por muchas. Algunas pueden no gustarle a otros, pero –a menos que se constituya en un peligro para sí y/o para otros– fueron su elección, aquellas con las que optó por vivir. ¿Por qué los demás no habríamos de aceptarlas?

Obviamente, hay excepciones… Como pueblos, no podemos permitir delincuentes, asesinos, corruptores, corruptos y el desgraciadamente largo etcétera en nuestra sociedad. Esto es ilegal, inmoral y debe ser castigado, siempre de acuerdo a la ley. Debemos protegernos… Pero no de un “extraño” porque sí, o de una forma de pensar y actuar solo porque nos resulta extraña. Y jamás generalizando: Porque un rubio de ojos azules me robó una vez, no puedo ponerme a gritar “¡Ladrón!” cuando veo a un rubio de ojos azules….
Las ideologías que más daño hicieron a la humanidad siempre fueron aquellas que –sin importar la excusa o bandera que presentaran– dieron el claro mensaje de “yo tengo toda la razón, el resto no y por lo tanto a esos herejes hay que destruirlos”. Y es increíble ver cómo se parecen en eso dictadores de uno y otro sesgo, autoproclamados líderes religiosos extremos, incluso científicos a veces. Negación, intolerancia, destrucción del enemigo, descalificación del que piensa distinto… En esos rasgos, paradójicamente, han sido iguales religiones y sectas, partidos de izquierda y derecha, colectivos ideológicos…
Alguna vez nos preguntaron “cuál es la verdadera cara del mal”. Bien, acá la tienen: El verdadero rostro del mal es la intolerancia, la descalificación del “otro”. No importa cuál sea ese “otro”. Mientras no aprendamos a convivir, aceptando la diversidad, nuestras sociedades no habrán avanzado realmente hacia un futuro mejor.
La Orden de los Metaviajeros siempre ha procurado fomentar la diversidad, la tolerancia, la pluralidad de acción y pensamiento. No siempre estamos de acuerdo en todo, pero sabemos que la base de esos acuerdos es justamente el respeto hacia el otro. Y es nuestro mayor deseo que todos –sin importar especie, color, o elecciones de vida– aprendamos a vivir así.
Porque la verdadera convivencia se logrará cuando no sean necesarias leyes, ni “cupos”, ni regulaciones, ni “normas internas” para decir que todos somos iguales. Cuando solo se elija a quien cumplirá una tarea por su idoneidad y no por su origen, sexo, ideas, vestimenta o apariencia. Cuando lo que importe en verdad sea quiénes somos y no cómo somos. Cuando nadie se envuelva en una bandera y se proclame “el” ejemplo, el único dueño de la verdad. Cuando maduremos, de una buena vez y para siempre, aceptando que una joya tiene miles de facetas… Y somos una de las joyas de la creación. Cuando aprendamos a VER y apreciar al individuo que tenemos ante nosotros, sin querer encasillarlo y aceptándolo como es, con sus aciertos y errores… Que pueden ser iguales, parecidos, o completamente distintos a los nuestros.

Sea cual sea nuestra creencia, recemos porque esto al fin sea posible y podamos crecer realmente, como individuos y como pueblos.

Sobre el autor

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Néstor E. Catalogna

Más de medio siglo como fan de la Fantasía, la Ciencia Ficción, el comic y sobre todo de LOS LIBROS. Primer Metaviajero, fabricante de varitas y creador de Universos.

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