Crónicas

LEYENDAS URBANAS

Una pequeña aventura del Arcángel de Plata

 Gabriel Fontdevié aspiró a pleno pulmón el aire de la tarde y continuó con su paseo.
Aquellos días de descanso tras la Batalla de Nueva York les servían a todos no solo para reponerse físicamente: También venían bien para “despejar la cabeza”.
El español lo hacía como mejor sabía: Con una actividad física que sus amigos llamaban “algo exagerada” e incluía largas secuencias en el gimnasio pese a las advertencias de Günther sobre “no excederse” ya que todavía estaba recuperándose de sus heridas –que no por poco graves dejaban de ser muchas– y del gasto de energía que había insumido el combate.
Y, pese a sus bravatas, algunas veces el Arcángel de Plata reconocía a regañadientes que “tal vez el Sanador no estuviera tan errado”, cambiando los aparatos y pesas por algo más tranquilo, como largas caminatas por la Gran Manzana.
Elegía un barrio al azar y lo recorría en “plan turista”, ataviado con ropa anodina aunque no indefenso: Si bien el Artesano todavía trabajaba en su gran espada –le había prometido que quedaría tan bien que no volvería a romperse y estaba haciéndola con el propio Hefesto– su creciente experiencia les había enseñado a no salir desarmados “ni siquiera hasta el kiosco de la esquina”, por lo que llevaba varias cosas ocultas: Una pistola en una funda de cintura a su espalda, bajo el camperón, dentro de cuyo forro ocultaba una wakizashi o sable corto japonés –de unos sesenta centímetros– que Tatsúo le había prestado hasta que Nik terminase, algunas minibombas y otros inventos de su compadre el ruso que él mismo le daba “para testear en el campo, ya que sé que tú te meterás en problemas en cualquier lugar o momento”.
Caía la tarde mientras atravesaba la zona de Washington Heights, al norte de la isla de Manhattan, donde el alto porcentaje de población latina –en especial dominicanos– le permitía escuchar cada tanto un poco de su idioma natal, que últimamente solo usaba para charlar con el Caballero.
Así fue que notó una acalorada discusión que provenía de un pequeño parque en el que varios adolescentes se divertían en la cancha de básquet. Y, a un costado de esta, otro grupo de chicos y chicas de unos catorce a dieciséis años era el origen de la disputa.
–¿Ves? –se burlaba una joven, en medio de las risas del resto– ¡Eres un cobarde supersticioso!
El blanco de sus pullas era un muchacho quinceañero delgado y de anteojos de carey que la contemplaba con una mezcla de resentimiento y vergüenza pero tratando de mantener una actitud medianamente digna.
–¡Claro que no! –se defendía– ¡Simplemente no quiero jugar con fuego!
–Olvídalo, chica… –terció otro varón un poco mayor y de físico más desarrollado, del tipo “deportista”– Te dije que el “nerdo” era demasiado tonto. Vámonos a otro lado.
Gabriel se detuvo junto a la reja de la cancha, como quien aprovecha para tomar un respiro en la caminata. Su “olfato” le decía que ahí “podía haber problemas”… y, por otra parte no soportaba ningún tipo de abuso. Él mismo tenía un costado nerd que de cuando en cuando salía “en defensa del gremio”, como gustaba decir, y aquellas burlas no le sentaban nada bien: Era evidente que el burlado quería impresionar a la chica pero ella solo pensaba en el otro y le había puesto algún estúpido desafío que sabía que no se atrevería a cumplir. Típico.
–¡Espera! –los frenó el chico de anteojos –Okey, si eso quieres, lo haré… Pero no digan que no les advertí.
El Arcángel se interesaba más y más en aquel caso. Su instinto de batalla estaba rugiendo como un león enjaulado y aquellos chicos estúpidos le daban mala espina.
El nerd tomó un pedazo de tiza que la chica le tendía, se volvió hacia la pared medio derruida a sus espaldas –algunos restos de cemento, ladrillos y hierro oxidado que parecían tenerse en pie por milagro– y trazó un extraño símbolo: un círculo con una especie de cruz de san Andrés o “X” en su interior cuyos bordes sobresalían.
–¡Ya está! ¿Conformes?
–Te falta un detalle, tonto… –dijo su rival, agarrándole la mano.
Y, antes de que pudiera resistirse, se la arrastró por el ruinoso muro, haciendo que se raspara y cortara con la punta de uno de los hierros. Un par de gotas de sangre cayeron sobre el símbolo y el de anteojos lanzó un grito, soltándose violentamente con lágrimas en los ojos y agarrándose el miembro cortajeado.
–Oh, maldición… –masculló Gabriel, llevando la mano hacia la espada.
Las risotadas del grupo de jóvenes se cortaron de repente cuando el símbolo de la pared pareció estallar en llamas y una repentina neblina comenzó a extenderse desde aquella ruina.
El tiempo pareció congelarse: Los jugadores de básquet se detuvieron en pleno partido, el grupo de “bromistas” quedó boquiabierto mirando hacia la creciente niebla y el adolescente de anteojos cayó de rodillas con lágrimas en los ojos, murmurando:
–Yo no quería… yo no quería…
Solo una persona mantuvo la sangre fría, reaccionando al instante: Gabriel sacó la espada corta de su escondite, desenfundó la pistola con la mano izquierda y corrió hacia el grupo gritando:
–¡¿Qué han hecho, insensatos?!
Ni siquiera los había alcanzado cuando de lo más espeso de la niebla apareció lentamente una figura alta, muy delgada, de brazos desproporcionalmente largos…y sin rostro. Vestía lo que parecía un incongruente traje negro con camisa blanca y se movía como un espantapájaros que de repente hubiera cobrado vida.
La que antes se burlaba lanzó un grito de terror y sus rostros se volvieron repentinamente blancos. La niebla ya ocupaba todo el pequeño parque reduciendo el campo visual a casi cero.
El Arcángel alcanzó al grupo al mismo tiempo que aquel espantajo, que ya tendía sus largos brazos hacia el chico arrodillado: A sus esqueléticos dedos les habían crecido largas garras y en su no-rostro había aparecido una ancha boca orlada de dientes largos y filosos como colmillos de serpiente. Las chicas seguían gritando.
Gabriel atravesó el último tramo de su carrera de un salto, lanzando un certero sablazo a la muñeca izquierda de aquel monstruo que la cortó limpiamente, interrumpiendo su avance y provocando un espantoso chillido de dolor que casi los dejó sordos.
El español apuntó su pistola dispuesto a rematarlo… Pero el ser se desvaneció.
–¿Qué demonios…?–
–¡Es un slenderman! –dijo el muchacho mientras lo ayudaba a levantarse –¡Puede teletransportarse!
Fue el instinto lo que impulsó al Metaviajero a girar rápidamente a la derecha con su afilada hoja por delante, justo a tiempo para cortar al medio el pecho que comenzaba a materializarse a su espalda. Con un nuevo chillido el slenderman volvió a desaparecer en la niebla.
–¿Y de quién diablos fue la idea de ponerse a tontear con seres sobrenaturales? –preguntó Gabriel sin bajar la guardia.
–¡Pero es solo una leyenda urbana! –se defendió la chica, todavía temblando– ¡No es real! ¡Es un maldito videojuego!
El Arcángel vio una sombra que se movía en la niebla y se preparó para disparar, pero se detuvo a tiempo: Solo eran los jugadores, que corrían en un apretado grupo.
–¿Qué diablos está pasando? –preguntó el que iba al frente.
–¡Después les explico! Agrúpense y vigílense entre ustedes: Esto no es broma, los quiero bien juntos y atentos.
Hubo otro movimiento en la niebla y Gabriel volvió a girar, alzando el brazo a tiempo para detener una garra que intentaba sorprenderlo. Paró el golpe, pero recibió un fuerte arañazo que cortó la manga de su campera, la camisa debajo y su piel, dejando un rastro sangriento. El español disparó al bulto y la criatura se transportó de nuevo fuera de su alcance.
–¡Ostias! ¡Quédate quieto, espantajo!
La niebla seguía dando vueltas a su alrededor. Los jóvenes se apretujaban temblando, mirando nerviosamente a uno y otro lado. Nadie sabía de dónde vendría la amenaza.
Gabriel cerró los ojos y trató de concentrarse: Todo dependía de él. ¿Cómo iba a enfrentar a aquella cosa? Se movía en la niebla, se teletransportaba…
–¡Piensa, maldita sea! –murmuró– ¿Qué dirían la Leona o el Caballero? Es un depredador… Sus ataques son sorpresivos. Busca el costado más débil…¡El costado más débil!
Abriendo los ojos saltó hacia el abigarrado grupo de muchachos, inclinándose hacia la izquierda, donde una joven temblaba con los párpados apretados: La única que no estaba atenta a su entorno.
Llegó junto a ella justo cuando las garras en traje negro aparecían de la niebla para arrebatarla y no perdió tiempo: Lanzó un tajo que nuevamente rebanó las muñecas del monstruo y dos tiros “al bulto” que debieron acertarle porque su chillido de dolor llenó de nuevo el aire, obligando a varios a taparse los oídos.
El ser se desvaneció de nuevo. Según su cálculo, Gabriel tenía poco más de un minuto hasta que ser recuperara y volviera a intentarlo. Sin descuidar la guardia apartó a dos de los asustados rehenes y se inclinó sobre el chico de anteojos que había dibujado el símbolo.
–¡Oye! ¡Despabílate, mochuelo! ¿Cómo diablos convocaste a esa cosa?
–Yo… Yo leí en un blog…
–¡Vaya que eres listo! ¿Qué diablos decía ese blog?
–Que ahora se podía convocar a un slenderman… bastaba con trazar su signo y hacerle una ofrenda de sangre… ¡Pero decía que obedecería a quien lo convocase!
–¿Y te creíste todas esas sandeces? ¡Relatos deformados de la “gente sombra” y espíritus malignos! Nada de esas porquerías es confiable… Convocaste a un demonio que se alimenta del miedo de los otros y los acosa, ¡no es un djinn que viene a cumplir tus órdenes!
Mientras hablaba notó un remolino en la niebla y una sombra que se volvía más densa.. Lo esperó a pie firme y cuando terminó de formarse se tiró a fondo con la espada por delante, enterrándola en el pecho de la criatura. Después levantó su arma y le disparó directo a la cabeza, volándosela. El resto del cuerpo se transformó en humo.
–No creo que tarde mucho en reformarse… ¡Piensa, por Dios! Si regresar, es porque tiene un ancla, algo que le permite volver a este plano. Lo convocaron con…¡Pues claro! ¡Si seré bruto, debí advertirlo antes!
Su instinto le decía que ya solo tenía segundos. Mientras enfundaba la pistola hizo que el aterrado grupo se moviera a los gritos, alejándolos de los restos del derruido muro donde la “X” en el círculo seguía brillando. La niebla se agitó otra vez y el slenderman volvió a atacar, esta vez echándose con todo su peso sobre él.
El español lo frenó con un formidable cabezazo directo al blanco rostro, que le dolió como si se hubiese topado con una pared pero también hizo que el monstruo retrocediera tambaleándose. Sin darle tiempo a reponerse, Gabriel alzó la espada y se la clavó en medio del pecho, obligándolo a retroceder hasta ensartarlo precisamente en el centro de aquella ruina, sobre su propio símbolo.
–¡A ver si escapas de esta, espantajo!
Empujó con todas sus fuerzas la wakizashi, enterrándola profundamente, mientras su mano izquierda se movía a toda velocidad para sacar un par de minibombas del bolsillo, activarlas… y metérselas directamente por la cintura del pantalón negro.
–¡Espero que no estuvieras pensando en tener hijos, tío!
Se alejó de un salto, gritando “¡Cúbranse!” mientras caía sobre los jóvenes y los arrojaba a todos al piso.
Las bombas estallaron al unísono destruyendo a la vez monstruo y pared en un millar de cascotes y jirones de sombra que se desvanecieron junto con la niebla. La pequeña plaza volvió a su aspecto normal mientras los asombrados adolescentes se levantaban… Los basquetbolistas comenzaron a lanzar “hurras” y aplaudirlo.
–¡Gracias, no fue nada! –respondió, un poco incómodo como siempre que se notaba “blanco de la fama” –Pueden seguir jugando… –Se volvió hacia los otros –Y, en cuanto a ustedes, idiotas…
El grupito que se burlaba del de anteojos retrocedió casi con más espanto que el que habían mostrado ante el slenderman al notar su expresión.
–¡A ver si les entra en la cabeza! –los retó, feroz como si fuera a entrar al combate– ¡Tras la Caída de la Barrera, hay magia en la Tierra! ¡Magia real, nada de trucos de ilusionista! ¡Magia suficiente para materializar cosas terribles, si no controlan lo que piensan y hacen! Si se ponen a jugar con cualquiera de esas idioteces y hacer rituales sacados de internet, lo más probable es que terminen trayendo a algo muy malo que, si tienen suerte, solo se comerá sus entrañas… Y también sus almas, si no la tienen. Si no les bastó la batalla que peleamos hace unos días para probarlo, acaban de recibir un mensaje directo: Si yo no hubiera estado por aquí, ahora mismo serían picadillo de idiotas en manos de ese espantapájaros de mal genio. Así que basta de estupideces… Si me entero que otro ser de ese tipo apareció por aquí, les aseguro que sabré a quien buscar… Y, si no le tienen miedo a él, lo tendrán de mí. Se los garantizo.
Sin más se inclinó para tomar los restos de la espada que habían quedado en el piso, junto a la pila de cascotes.
–Mil diablos, Tatsúo va a querer matarme por esto –Se encogió de hombros –. Bien, mi compadre tendrá más trabajo, aunque estará una semana quejándose. Deberían hacer más fuertes estas cosas.
Guardó el pedazo de su arma en la funda oculta de su campera y, al darse vuelta, casi se dio de bruces con el adolescente de anteojos que había provocado aquel lío en su intento de “lucirse” ante la chica.
–Ah, eres tú… –dijo, frunciendo el ceño.
–Sí… eh…Solo quería disculparme.
–Todos hacemos el tonto alguna vez. Solo procura que tus tonterías no pongan en peligro a otros.
–Sí, lo… lo entiendo –Inspiró como para tomar coraje–. ¿Me permitiría… eh… una selfie? Soy un fanático y esa pelea estuvo increíble.
El español se relajó y sonrió. De acuerdo, eran solo niños. Todos tenían mucho que aprender en aquella nueva era.

Sobre el autor

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Néstor E. Catalogna

Más de medio siglo como fan de la Fantasía, la Ciencia Ficción, el comic y sobre todo de LOS LIBROS. Primer Metaviajero, fabricante de varitas y creador de Universos.

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