Una pequeña aventura del Caballero Escarlata
Eduardo Eldar–Más conocido en la Orden de los Metaviajeros como el Caballero Escarlata– estrechó la cintura de Rowena Moonshade –o Lessien Iseldae, ahora que podía usar su verdadero nombre entre ellos– y ella se pegó un poco más a él.
Ya estaban en Buenos Aires, esperando su turno para ser trasladados a la flota que en ese momento cruzaba el Atlántico Sur hacia la nueva isla. Nik y Liz se habían quedado en su hotel, descansando, aunque al día siguiente se reunirían para disfrutar un asado en el loft de Eduardo, transformado transitoriamente en su “base local”.
La pareja, por su parte, gozaba del atardecer porteño en la zona verde que abarcaba el Planetario, el Rosedal y varias plazas en torno a las avenidas del Libertador y Sarmiento, donde podían tomar aire a sus anchas a pesar de que, estando a fines de Agosto, el tiempo era frío.
Su conversación giraba en torno a lo que Eduardo había aprendido durante su sueño en el valle de Manka-Ngen, tema que hasta ese momento habían evitado porque merecía ser tratado en forma íntima y profunda. Solo ahora habían conseguido cumplir ambas condiciones.
–Es cierto –admitía ella–. Apenas te conocí noté “algo extraordinario” en ti, pero no advertí de qué se trataba… Ambrose no me dijo nada cuando lo consulté, así que no sé cuánto sabe él realmente. Pero, si de algo estoy segura, es que no me enamoré de ti porque seas medioelfo –sonrió–. Aunque reconozco que es muy conveniente…
–Sí, me imagino que sí –sonrió él a su vez–. Lo que me preocupa ahora es lo de que vengo de “una casa caída” y soy el último. No encontré mucho al respecto, ni siquiera en esos libros misteriosos que Ambrose nos consiguió para estudiar… y no sé de dónde los sacó.
–Bueno, ya lo conoces… Tiene acceso a muchos sitios. A mí, por ejemplo, me educó en mi herencia elede sin problemas.
–Hablemos sinceramente… Nunca me dijiste que sí ni que no sobre mis sospechas de que esas islas son tierras élficas, pero vos creés que sí, ¿verdad?
–Es mucho más que “creencia”, me temo. Como sabes, Ambrose se aisló incluso de mí, pero apuesto lo que quieras a que él sabe que lo son, aunque no lo diga. Mi corazón me dice que la isla del norte puede incluso ser mi lugar de nacimiento, un sitio en el que no creo que sea conveniente dejarme ver en este momento.
–Entiendo por qué. Pero, entre lo que conversé con mi ancestro y nuestras sospechas y deducciones, sumar dos y dos me da que la que vamos a visitar es tierra numeledë, o sea, un lugar donde si se enteran de mi origen tampoco creo que sea bienvenido.
–Espera. Debes tener en cuenta que no dije “que no sería bienvenida” en mi tierra, sino que tal vez no sea conveniente. Sin duda todavía hay partidarios de mi casa, que es antigua y muy respetada… Ellos me recibirían con los brazos abiertos, pero eso mismo podría ser el comienzo de una nueva guerra civil.
–Sí, en eso tenés razón. Solo sería cuestión de quien “se aviva” primero, si los que están a favor o en contra de la familia E’Mainqué. Me parece que voy a tener que cuidarme muchísimo… ¿Vos no sabés nada de lo que pasó con mis ancestros?
–A duras penas conozco mi propia historia… Por lo que Ambrose me contó: Hubo una guerra civil y, en parte por la ingenuidad política con la que se comportó mi padre, mi familia fue exterminada cuando era bebé, pero un sabio consiguió salvarme al hacerme cruzar la barrera y entregarme al cuidado de Mithesil junto a un cofre que contenía algunas cosas importantes, como el arco que ya conociste… Ni siquiera tengo todos los detalles. Sé que en otras tierras hubo conflictos similares, aunque no exactamente en la misma época, y también oí de esa profecía que mencionó tu ancestro sobre “las tres casas caídas”. Es muy probable que se refiera a los Iseldae, los E’Mainqué… y una familia real morelede ahora también “caída”, pero tampoco conozco al dedillo la historia de ese pueblo.
–Y, para colmo, también habla de mezcla con sangre humana. Nunca fui de dar mucho crédito a esas cosas pero, por supuesto, antes tampoco había montado en dragón o hipogrifo ni peleado contra orcos, vampiros y demonios…
–Es cierto: La caída de la Barrera lo cambia todo. En cuanto a la profecía, sé lo bastante para decirte que sin duda algo de nosotros se relaciona con eso, pero no “cuánto”… Ni cuándo, para ser sincera. Podría estar hablando de descendientes lejanos o de algo mucho más cercano. Pero nadie puede decirlo con certeza, ese es el inconveniente. El propio augurio tiene miles de años. Además, debemos recordar que, en las tierras mágicas, el tiempo no transcurre siempre de la misma manera… En algunas pueden haber pasado siglos o milenios, mientras que aquí fueron solo años. No sabemos exactamente cuál será la situación al desembarcar.
–Pero, con lo que dura una vida élfica, me parece que no pueden haber pasado más que un par de generaciones. Y eso significa que podemos llegar a encontrar gente que haya conocido a nuestros ancestros… Y nos reconozca.
–En mi caso sería mucho más simple, solo debo usar lo que mis padres me dejaron y nadie dudará de mí. En el tuyo, me temo que será un poco más complejo…
–Mejor, entonces. No me interesa encontrar más problemas de los que ya hay, ni servir de excusa para que “algún diablo meta la cola” y tengamos líos diplomáticos.
–¿Y por qué crees que preferí alejarme de la misión del Mar del Norte? De hecho, creo que ni siquiera me dejaré ver en la isla que visitaremos. Permaneceré a bordo y con perfil bajo, a fin de evitar cualquier malentendido.
–Bueno, nuestro plan original siempre fue “tener perfil bajo”, pero no hay nadie en la ONU que haya tenido acceso a nuestro “material de estudio”. Supongo que, si Ambrose lo ofrecía, se le hubieran reído en la cara…
–Tienes razón, él pensó lo mismo. Ustedes dos tienen en común el rasgo de no haber confiado nunca en políticos ni militares, guiándose por el adagio “piensa lo peor… y acertarás”.
Ambos rieron ante aquella reflexión, pero su buen humor fue interrumpido por una ráfaga de aire particularmente frío seguida del sonido de un cuerno de caza. Un manto de neblinosa oscuridad pareció interponerse entre ellos y las luces de la avenida, sumiendo los árboles cercanos en la tiniebla.
–Esto no me gusta… –murmuró Eduardo mientras su diestra buscaba las armas que se había acostumbrado a llevar en la cintura, ocultas por el abrigo, cuando andaba “de civil”: Un facón largo y una pistola, tratados para combatir seres mágicos.
–A mí tampoco –replicó ella, buscando las suyas.
Los sonidos normales de la ciudad habían sido reemplazados por la vibración de un pesado galope, como si una tropilla se les acercara. Sus sentidos no habían perdido agudeza, pero aquella repentina niebla oscura que los había rodeado no parecía dejarlos advertir qué había más allá. Se pusieron “en guardia”, cuidándose la espalda casi por instinto.
Finalmente los vieron aparecer, como formándose en el límite de la bruma: Doce o quince jinetes cuyas ajadas vestimentas y armas venían de distintos pueblos y períodos históricos. Muchas partes de sus cuerpos y rostros parecían reducidas al esqueleto. Pero sus hachas, espadas y flechas brillaban como nuevas. La memoria del Caballero los identificó como una Cacería Salvaje, la horda de espíritus errantes que aparece en muchas leyendas, siempre persiguiendo a algo o alguien… Y algo le decía que esta vez la presa eran ellos.
Los cazadores se detuvieron y el que iba al frente se adelantó, con expresión feroz y los ojos completamente negros, como el halo que tenía alrededor. Era una especie de guerrero vikingo que empuñaba un hachón doble, cubierto con pieles medio podridas.
–Soy Haerlae Gwynn, el cazador –dijo con gruesa voz de ultratumba– Se me ha ordenado perseguir al medioelfo y llevar su cabeza como precio por mi liberación.
–¿Y quién te dio esa orden, cazador? –preguntó Eduardo, sin amedrentarse.
–Mi amo es… –Titubeó– No se me permite nombrarlo. Debo llevar a mi presa. Te huelo claramente, medioelfo. Entrégate y mi hacha será misericordiosa.
–No es el tipo de “misericordia” que me guste experimentar –se burló el argentino, sin perder el espíritu–. Si insisten, me temo que vamos a tener un problema.
–Nadie escapa de la Cacería Salvaje.
–Siempre hay una primera vez para todo…
Sin siquiera dejarlo terminar de hablar, la horda se lanzó sobre ellos. Pero aquellos “cazadores fantasma” primitivos no contaban con su endiablada puntería y las balas preparadas con magia: En una sola andanada Eduardo y Lessien redujeron el pelotón a la mitad y simplemente se apartaron de su camino, esquivándolos en una maniobra certera y limpia.
Haerlae, que había errado su hachazo sobre el Caballero, tiró de las riendas y saltó a tierra para atacar directamente a su presa, que lo esperaba a pie firme tras hacer saltar el cargador vacío y encajar otro mientras mantenía el facón entre los dientes.
La elfa hizo lo mismo mientras otro de los jinetes se le iba encima. Se agachó para que su espadón le pasara por sobre la cabeza y, al levantarse, desjarretó al caballo de un tajo con su cuchilla, haciéndolo rodar por tierra.
El cazador, en tanto, había alcanzado al argentino. Intentó tajearlo nuevamente con la monstruosa medialuna doble que empuñaba, pero la agilidad del Metaviajero frustró una y otra vez sus ataques. En el último Eduardo alzó rápidamente la diestra armada con el cuchillo, haciéndole un profundo tajo en el brazo que Gwynn sintió como si siguiera vivo, lo que lo desorientó.
–¿Qué brujería es esta? –gritó–¡Un vivo no puede herir a un muerto!
–Reglas de la magia prudente… –replicó él con sorna– Siempre tener un arma apta para pelear con los que no hieren las armas comunes.
Como si ni siquiera los hubiera visto, levantó la pistola y le metió una bala entre los ojos a los tres que se acercaban para unirse a su jefe. La elfa ya había acabado con la mayoría de los que quedaban.
–Me parece que se te están acabando los secuaces… –dijo Eduardo con su sonrisa más mefistofélica–¿Seguro de querer seguir con esto?
Aunque seguía desorientado por aquella inesperada respuesta de los que consideraba “sus presas”, el vikingo no quería creer lo que sus muertos ojos veían, por lo que actuó de la única forma que sabía: Se puso en “modo berserker”, dejándose llevar por la furia y cargando sobre Eduardo con un grito salvaje.
Esta vez el Caballero lo aguardó a pie firme: la pistola en su mano izquierda se trabó contra el mango del hacha cuando caía, la desvió de su trayectoria y abrió un camino para que el facón en la diestra se enterrara en medio del pecho de cazador, que se quedó completamente helado.
–No es posible…– murmuró mientras comenzaba a convertirse en una especie de polvo gris que se iba desintegrando.
Los pocos que quedaban de la partida fantasmal se quedaron inmóviles como si, al faltarles su jefe, ya no pudieran actuar por cuenta propia. Y, en ese momento, sucedió algo todavía más extraño.
Dos grandes sombras parecieron materializarse en la parte superior de la niebla que los envolvía, una sobre la cabeza de Lessien y otra por encima de Eduardo. Hubo un ruido como de batir de alas, aquellos espectros indefinidos pasaron volando y se levantó un repentino viento. De inmediato tanto la niebla como la Cacería Salvaje se transformaron en jirones de humo, que se dispersó rápidamente.
En menos de un minuto la pareja se vio de regreso en el mismo sendero por el que estaban paseando, iluminado por las lámparas públicas y desde el cual se distinguía con claridad el tránsito de la avenida.
–¿Y ahora, qué pasó?– preguntó él mientras ocultaban con presteza sus armas.
–No estoy segura, pero creí sentir… Una presencia ancestral. O dos, mejor dicho.
–¿Alguna idea de qué eran?
–Seguramente habrás leído algo sobre los espíritus protectores de las grandes casas eledei…
–Solo notas marginales, no se decía nada muy claro. ¿Creés que tuvo que ver con eso?
–Bueno… Como sueles decir, hay muy pocas “coincidencias”. Esa horda fue invocada para cazarte y te rastrearon por ser medioelfo. Eso significa que tu condición agitó las corrientes de la magia lo suficiente para que, ahora que tú mismo eres consciente de ella, otros la perciban.
–Y, por supuesto, eso vale para ambos bandos… –suspiró él– Por desgracia, ahora no me puede escapar de la delegación diplomática. Voy a tener que presentarme en esa isla con pies de plomo y esperar a ver si alguien me reconoce como medioelfo… y cuales son sus intenciones, si buenas o malas.
–No envidio tu posición, pero no tienes otra –Reanudaron el paseo–. Tal vez sea el momento que el destino dispuso para que te enfrentes a tu herencia… O tal vez tengamos otras pruebas por delante. Pero solo lo sabremos a su debido tiempo.
–Y, como te consta, odio no encontrar la respuesta de algún acertijo.
–Cosa que, como los dos sabemos, nunca te ha pasado. Eres el hombre más testarudo que conozco en ese campo, pero también el más prudente e inteligente. Lo harás.
–Gracias por el voto de confianza… Y solo espero que eso no arrastre otra clase de problemas –Alzó la vista, notando que había caído la noche–. ¿Cenamos algo antes de volver? Mañana me tengo que levantar temprano para hacer el asado.
–De acuerdo. Ya es tiempo de que probemos uno de esos “asados” de los que tanto has alardeado, así que odiaría darte una excusa para que el resultado sea menos que excelente.
–Por favor, nena, no me tires tan abajo. Prometí un asado, y van a comer el mejor asado que vayas a probar. Lástima que vamos a ser solo cuatro, me hubiera gustado que estuviéramos todos.
–Los demás ya van adelantados en sus misiones, así que será en otro momento… Y espero que podamos reunirnos todos.
–Yo también. Algo me dice que todavía tenemos mucho por enfrentar. Pero también que, de una u otra forma, vamos a salir adelante. Juntos.
Se tomaron nuevamente de la cintura, se dieron un breve beso y avanzaron hacia la noche de la ciudad… y hacia el futuro.


