Una pequeña aventura de la Black Vamp
Elizabeth MacLeod –más conocida como Black Vamp, de la Orden de los Metaviajeros– contempló la ciudad desde la altura de una terraza a la que su guía la había hecho subir.
Andar con Vlad era una experiencia de lo más frustrante para la escocesa: De repente, el vampiro decía “sígame”, se transformaba en niebla o en murciélago y ella debía correr y moverse ágilmente para seguirlo. En esa ocasión había tenido que trepar a toda prisa una serie de escaleras de incendio para llegar hasta aquel techo, a diez pisos sobre una parte bastante tranquila de la ciudad de Nueva York.
–Debería recordar que no todos podemos convertirnos –le dijo Liz, al advertir su bufido de impaciencia –. Y realmente me gustaría saber cómo lo hace. Por ejemplo… ¿Qué pasa con el resto de su masa cuando se vuelve murciélago? ¿Se encoge? ¿La pierde? ¿No pesa lo mismo que cuando es hombre? ¿Y qué hay de la niebla? ¿No se dispersa?
Vlad la miró un instante como evaluando si bromeaba o no y por fin suspiró:
–Hay cosas que ni los propios vampiros podemos explicar… Supongo que deberé atribuirlas a la parte mágica de nuestra naturaleza. Al volverme murciélago siento que una gran parte de mí se pliega en dimensiones que ni siquiera yo mismo puedo percibir. Y, cuando soy niebla, tengo ciertos límites más allá de los cuales no puedo estirarme. Me temo que es todo lo que puedo decir con mi pobre entendimiento.
–Y es bastante aburrido… –suspiró ella– ¿Para qué me trajo hasta aquí?
–Considero que es un buen lugar para hablar. Bastante privado y, además, permite ver al menos una parte del mundo a sus pies. Porque sí puede verlo, ¿no es así, milady? No lo que ven los humanos, un ir y venir de muñequitos y autos diminutos. Puede ver el mundo humano como lo vemos los vampiros…
Ella se agitó, incómoda. No lo miró a la cara para responder, prefiriendo el horizonte a sus pies.
–No siempre. Me sucede sobre todo de noche y en forma ocasional… Es más fuerte cuando la Sed se manifiesta, antes de tomarme una de mis botellas.
–Oh, ya lo creo. Siendo la visión del cazador, es lógico que se dispare con sus instintos al aumentar la Sed, cuando su naturaleza vampírica pide alimento.
–Algo así dedujo Günther cuando se lo conté. Pero no lo soporto, parece reducir los cuerpos a masas palpitantes, calientes… ¡Casi diría que puedo ver sus venas!
–Ya sabe que la sangre es nuestro alimento y también maldición. En nuestras leyendas se dice que algunos, muy ancianos, pueden dejar de percibir hasta los rasgos externos y ver solo las presas, evaluando su calidad como alimento.
–Encantador… –masculló Liz– Vampiros catadores. ¿También hacen degustaciones? “Prueben este humano, es cosecha sesenta y ocho. Bien madurado y alimentado, con toques ligeramente hippies”…
–A veces, vuestro humor me sobrepasa, milady.
–Y tú eres un maestro manejando la ironía, Vlad. ¿Entonces, solo hacemos una visita a la carnicería?
–Por favor, milady, deme un poco de crédito. No, esto no es solo “una visita a la carnicería”. Es, podría decirse… Una lección.
–Últimamente no estoy de humor para lecciones…
–Pero las necesita, puedo verlo. Con cada batalla, sus instintos vampíricos se fortalecen. También sus poderes… Y su Sed. Usted y sus amigos se han revelado como temibles guerreros, salvando a esta ciudad en su hora más oscura. Pero ahora están a punto de partir hacia otras tierras, en las que no saben qué encontrarán… Aunque lo sospecho.
–Igual que nosotros, aunque nadie se atreve a decir “elfos” en voz alta.
–Es una decisión… prudente, diría. Sí, es posible que esas islas sean tierras élficas, como han deducido. Y, en ese caso, estará en peligro –Su rostro se ensombreció–. Como vio en Transilvania, cualquier vampiro que muerda a un elfo morirá envenenado. No podemos alimentarnos de la bella raza… Y eso significa que, si se separa de los humanos, su Sed podría volverla loca.
–Günther y Luke trabajan a destajo preparándome botellas de sangre y poción, para que no me falten durante la expedición. He avanzado en el control, también gracias a sus consejos…
–Pero todavía le falta mucho… Y no ha pasado la peor de las pruebas.
–¿No es un poco “tremendista”?
–En absoluto –Estaba mortalmente serio–. Recuerde, milady, que los vampiros somos criaturas de la oscuridad y esta crece en el mundo. Al igual que usted y sus amigos, puedo percibir ese avance, lento pero continuo, del poder sombrío. Y, más temprano que tarde, ese poder posará sus ojos sobre ustedes. Cuando llegue ese momento, temo por su seguridad.
Ella lo contempló como para asegurarse de que no bromeaba. Y no le gustó lo que vio.
–Estamos en la picota desde que esto comenzó… ¿Qué podría ser peor que lo que ya pasamos?
–Han peleado batallas y las han ganado, es cierto. Pero la guerra continúa y su enemigo aún no ha desplegado todo su arsenal. Eso significa que, cuando lo haga, usted en particular correrá un peligro siniestro. Tal vez solo la Maga Azul podría enfrentar algo tan espeluznante además de usted.
–¿Adrianne? ¿Qué tiene que ver ella?
–Todo hechicero, por puro que sea, está expuesto al poder del lado oscuro de la magia, milady. Eso significa que, por buenas que sean sus intenciones, tarde o temprano se verá tentado a usar esa clase de encantamientos y hechizos que no deberían usarse jamás… Y eso corrompe su mente y corazón, lanzándolo hacia los caminos sin retorno que destrozarán su alma, hundiéndolo en el mal.
–Bueno, no veo a Adrianne haciendo el papel de Anakin Skywalker…
–Ah, entiendo la referencia. Pero, aún siendo una historia ficticia, el pequeño ser verde da una lección verdadera: “la ira y el odio son el camino al lado oscuro”. Y, en su caso, podemos agregar la Sed. Una Sed que, para su fortuna, aún no sintió…
Liz pensó varios minutos en lo que le había dicho.
–Entonces, ¿la Sed no solo me descontrola? ¿También puede pudrir mis sesos hasta transformarme en una… en un ser maligno?
–¿De dónde cree que vienen las leyendas sobre vampiros que se cuentan entre los humanos desde hace siglos? Entre los nuestros el dinero no significa nada, el poder ya lo tenemos y la fuerza también. Estamos abiertos al amor y al odio como cualquiera. Nuestra única motivación profunda es y será siempre la Sed. Es por la Sed que un vampiro se superará a si mismo, superándola, o se hundirá en el mayor de los abismos, cayendo en un descontrol absoluto y volviéndose una bestia –Su mirada se perdió en la noche y su voz bajó de tono –. Lo he visto: Asesinos despiadados, locos que solo ven presas, que no paran ni tras secarlas… Algunos se matan a sí mismos tomando la sangre de cadáveres hasta envenenarse, otros corren a su muerte creyendo que podrán vencer solos a un ejército… Es horrible. He visto pueblos volverse contra sus líderes al notar que habían sucumbido a esa demencia. He visto a quienes, en un breve rapto de razón, eligen matarse antes de volver a caer, exponiéndose al sol hasta quemarse o arrojándose sobre estacas de madera noble. Oh, sí, hasta ahora ha tenido mucha suerte y contado con sus amigos, que la contienen. ¿Pero qué pasaría si de pronto pierde esa contención, se ve abandonada y sola mientras la Sed se apodera de usted? Ese es el peligro contra el que vengo a prevenirla. Porque será en ese momento, el de mayor debilidad, que el enemigo tratará de arrastrarla hacia las sombras. Y ese es también el momento en el que su alma puede perderse sin remedio. Porque, una vez que su corazón esté rodeado de la oscuridad, sus encantos treparán hasta su mente, seduciéndola. Y solo los verdaderamente fuertes pueden escapar de esa red mortal.
La escocesa ponderó muy cuidadosamente aquellas palabras. Tal vez antes no, pero, tras su sueño en Manka-Ngen y sus experiencias recientes, ahora se sentía inclinada a tomarlas en cuenta al pie de la letra, por mucho que le costara creer algunas cosas.
En ese momento un grito llegó a sus oídos: Alguien estaba en peligro prácticamente a sus pies.
Su ojos ya acostumbrados a la oscuridad detectaron de inmediato la situación: Justo en la calle a sus pies y en el hueco entre dos edificios, una mujer de edad media, vestida con ropa sencilla pero limpia, era amenazada por un matón medio zaparrastroso armado con un cuchillo. Su “mirada vampírica” le mostraba que el corazón de aquel tipo estaba desbocado y su sudor transmitía un hedor inconfundible: Drogas y anhelos descontrolados.
Sin detenerse siquiera a pensar en lo que hacía se arrojó por las escaleras de incendio saltando ágilmente de una a otra sin hacer el menor ruido, como un gran gato. En solo segundos estaba sobre víctima y victimario, con los colmillos desplegados y su aspecto más salvaje.
–¡Dame la cartera, perra! –decía él.
–¡No tengo nada de valor! –replicó ella, aferrando convulsivamente su bolsito.
El ladronzuelo avanzó un paso como para arrancárselo de entre los dedos, con la hoja de acero lista a herir. Pero se congeló al escuchar la voz desde lo alto.
–¡Eh, miserable! ¿Por qué no te atreves a hacer eso conmigo?
Uniendo la acción a la palabra, Liz saltó ágilmente y cayó entre ambos, todavía con su aspecto más feroz. El ladrón gritó e intentó atacarla, pero la Vamp era una presa demasiado fuerte para él: Le agarró la mano armada en el aire, apretando y retorciendo hasta que le rompió la muñeca y el cuchillo se desprendió de entre sus dedos, que ya no podía controlar. Después se revolvió y le aplicó una patada en medio del pecho que lo lanzó contra una pila de tachos de basura y contenedores que atiborraba un rincón del callejón. El malviviente cayó con estrépito en el medio, aún consciente pero muy mareado.
–No se quede ahí mirando… –Liz se volvió hacia la víctima –¡Lárguese!
–Dios la bendiga, señorita… –respondió la mujer antes de salir corriendo.
Al quedarse sola con el frustrado atacante la escocesa se adelantó tranquilamente, contemplándolo con sus fríos ojos de plata y atenta a cualquier cosa que intentara. Sus sentidos vampíricos le dijeron que Vlad se había materializado de algún modo a su espalda.
En su estado de excitación podía percibir claramente la sangre bombeando en las venas de aquel infeliz, sentir el miedo y la ansiedad que sudaba por todos sus poros… Hasta percibir ese aroma ligeramente diferente que tenía por estar drogado. Lo tomó de la ropa y lo alzó de entre los desperdicios, de tal modo que su rostro quedó frente a frente con sus colmillos todavía desplegados.
–¿Ahora no nos vemos tan valiente, no? –le escupió en la cara –¿Te imaginas todo lo que podría hacer ahora contigo, hombrecito? ¿Sientes al terror y la muerte mirando por sobre tu hombro?
El abatido maleante temblaba como un azogue, apretando con fuerza los párpados para no ver aquellos ojos de plata y los temibles dientes que los acompañaban.
Vlad, detrás de ella, lo miraba todo sin decir palabra.
Liz sostuvo a su presa un instante, como dudando qué hacer… Y finalmente volvió a lanzarlo contra los tachos.
–Considérate advertido –dijo –. Si tengo que volver por ti no tendrás tanta suerte.
Se dio media vuelta y miró al vampiro.
–¿Algo que comentar?
–Hum… ¿Segura de que es todo lo que hará con él, milady?
–Sí, por ahora.
Comenzaron a caminar hacia la calle principal.
–¿Y es todo lo que quería hacer? –preguntó Vlad, como revolviendo la daga en una herida.
–¿Lo que quería hacer? –replicó ella con furia –¡No, claro que no! Quería destrozarlo, abrirlo en tiras, incluso morder su cuello hasta vaciarlo aunque estaba drogado. Quería hacerlo sufrir de mil maneras distintas por ser un cobarde que solo ataca a los más débiles. Quería hacerle comer cada basura de ese callejón, solo para darle una lección. Pero no es lo que se supone que haga. Somos mejores que eso, diría el Caballero. Y casi pude sentir su voz en mi cabeza recordándomelo.
–Ah, ya veo. Como le dije, sus amigos la contienen. De una u otra forma son tan cercanos que aún en su ausencia puede percibirlos. Y, de momento, ese poder conjunto de la Orden obra en usted, le da fuerza. Le ayuda a centrarse y a escapar de las voces de la tentación oscura.
–No me importa reconocerlo, es cierto.
–Guarde muy bien ese sentimiento, milady. Estoy seguro de que muy pronto va a necesitar cada onza de lo que pueda guardar.
Ella no habló por varios minutos, caminando cabizbaja y concentrada. Vlad respetó su silencio sin perderla de vista.
–Creo… –dijo Liz al fin– que entiendo el punto. No entiendo cómo, pero de alguna forma le dio nombre, le dio entidad, a lo que me acosa, ese “encanto de la oscuridad”. Y no sé por qué lo hace, pero debo agradecerle.
–Lo hago porque es mi deber aconsejarla… Percibí su naturaleza desde nuestro primer encuentro, la vi despertar completamente en París y he observado sus progresos. Pero también veo que no se siente a gusto con esa naturaleza y, por eso mismo, todavía no la ha explorado en profundidad.
–¿Y a quién le interesa conocer en profundidad a un monstruo?
–No debe dejarse guiar por los prejuicios humanos y sus leyendas, princesa. Como ya ha comprobado, no todo es como lo pintaban. Y verá todavía mucho más. Sin embargo, no puedo ayudarla hasta que decida, en su corazón, explorar seriamente su lado vampírico. Conocer a su verdadero pueblo, no a lo que cuentan las fantasías.
–¿Acaso quiere que ceda? ¿Que me entregue a esas tentaciones?
–Oh, claro que no… Que se transforme en una fiera sedienta de sangre no sirve a nadie: Ni a usted ni a nosotros. Pero, tarde o temprano, tendrá que enfrentar su doble naturaleza en lugar de simplemente reprimirla. Todos lo hacemos. Y, cuando quiera aprender de verdad lo que es ser uno de los nuestros, estaré dispuesto a guiarla. Pero, de momento, no puedo hacer más que advertirle.
–Y tomo en cuenta su advertencia. Pero, respecto a lo otro…
–Todavía no está lista. Yo también lo advierto. Por eso, milady, creo que es hora de que siga su camino. La estaré esperando hasta que llegue su momento… Y, cualquiera sea el dios en el que crea, oraré para que no se extravíe en ese camino. Le deseo buena fortuna, princesa… Y, una vez más, cuídese.
Con un pequeño “puf” Vlad se transformó en murciélago y salió volando antes de que ella pudiera hablar.
Liz lanzó un profundo suspiro y emprendió la marcha hacia el hotel. Todavía tenían mucho que hacer antes del viaje.


