Crónicas

SANAR DESDE EL ALMA

Una pequeña aventura del Sanador Púrpura

 

El doctor Günther Goethe –también conocido como el Sanador Púrpura– sacó una pequeña mota de polvo de su traje y suspiró profundamente mientras entraba a aquella habitación en el piso setenta del famoso Edificio Chrysler que se había transformado en parte de la primera embajada chemaiar sobre la Tierra.
Ubicado a solo tres cuadras de la sede de la O.N.U, los cuatro pisos disponibles en ese momento habían sido considerados como una locación conveniente para acomodar a los representantes de aquellas razas, que estuvieron en su mayoría encantados con su estilo art decó y complacidos con la energía que emanaba su famoso perfil, uno de los más popularizados por la industria del cine. Según Júpiter, “le recordaba a la de sus templos más populares de roma”.
Günther había acudido a los buenos oficios de Atenea –sin duda una de las más dispuestas a apoyar y ayudar a los Metaviajeros, aunque el alemán sospechaba que lo hacía por uno en especial, su gran amigo el Caballero Escarlata– para arreglar una entrevista que consideraba imprescindible. Y, aunque ya estaban a punto de partir para las misiones diplomáticas, celebraba haberlo conseguido justo a tiempo, a su regreso de la tierra mágica de Manka-Ngen.
No le costó mucho reconocer al personaje que lo esperaba: Nariz recta, cabello y barba de un castaño muy claro y enrulado, era un poco más bajo que otros olimpiari y tenía un aire más humano que estos, como si quisiera mostrarse más accesible y menos “divino”. Hijo de Apolo y discípulo de Quirón, nacido humano, según su leyenda en vida se había vuelto tan hábil para la medicina que podía incluso resucitar muertos, lo que le valió la enemistad de Hades y finalmente indujo a Zeus a fulminarlo con su rayo “para que no alterara el orden del mundo”, aunque luego lo volviera inmortal: Asclepios –o Esculapio para los romanos–, el primer gran médico.
–No puedo expresar el honor que es para mí conocerlo…–dijo el sanador cuando el olimpiar estrechó su diestra.
–El honor es mío, al conocer a un practicante de las artes médicas que brilla en tal forma con la luz de la compasión y la bondad –replicó el otro, con los particulares modismos que revelaban los siglos que hacía que no andaba por la Tierra –. Atenea me dijo que necesitabais mi consejo.
–Y es verdad, doctor… –Tomaron asiento en cómodos sillones– Verá, me encuentro en una situación muy particular: Desde la Caída de la Barrera, he desarrollado habilidades de sanación que… –Sacudió la cabeza– No sé ni siquiera cómo explicarlo:  Todo mi conocimiento académico me dice que no es posible, pero mis lecturas de lo que hasta hace poco llamábamos “fantástico” afirman lo contrario. Es más, noto día a día como estas habilidades mejoran… Y hemos tenido otra experiencia reciente que me induce a creer que mis suposiciones iniciales eran solo un leve roce en la superficie de este poder. Pero, ya antes de esta última… hum… confirmación, había decidido por mi cuenta que necesito algún tipo de guía para manejar esto: Una guía que no existe en la actualidad. Por eso pensé en usted… Alguien sabio en medicina científica pero también en su costado mágico, a caballo entre dos mundos por su propia experiencia.
Asclepios se tomó un minuto entero para ponderar aquellas palabras, mirando a los ojos al alemán mientras lo hacía.
–Agradezco que hayáis pensado en mí, aunque no sé si la elección fue correcta –dijo al fin–. Es verdad que he estudiado la ciencia de curar, pero mis conocimientos no tienen nada que ver con los actuales…
–Oh, no es esa parte la que me interesa, señor… Sino la otra. Domino todas las herramientas de la medicina actual, pero sobre lo que no estoy seguro es… Sobre este poder incipiente que siento. O sea: Creo que puedo hacer mucho más que percibir cual es el problema: También podría arreglarlo. En los últimos tiempos pude hacer curaciones menores sobre heridas leves, casi diría “por reflejo”. Pero tanto mi instinto como lo que vivimos recientemente me indican que soy capaz de mucho más… aunque no sé cómo. Ahí es donde necesito de su ayuda: Quiero aprender cómo sanar usando este poder… Hacer honor a mi título.
–Oh, ya veo –respondió Asclepios, asintiendo–. Sí, debí haber intuido que con la caída de la Barrera surgirían este tipo de cosas. Aunque vuestro caso, doctor Goethe, es sin duda una afortunada conjunción: Aunáis el conocimiento académico, el poder latente y una enorme compasión interior que, como dije, pude percibir incluso desde antes que atravesarais esa puerta.
–Bueno, no sé si es para tanto…
–Lo es, y mucho más. Juro por el carro del sol de mi padre que, en toda mi existencia, no había sentido a un ser humano con una compasión y bondad de corazón como las que veo en usted, Günther Goethe. Y, si está en mis manos, será un honor ofreceros la guía de mi pobre experiencia para que desarrolléis todo vuestro potencial.
–Y se lo voy a agradecer toda la vida, doctor.
–¡Vaya! –rio– ¡Hace siglos que nadie me llamaba “doctor”! Gracias, mi estimado colega… Si algo extraño en Ólympos es justamente ese trato. Bien, permitidme reflexionar un momento para encontrar la mejor forma de guiaros. Y notad que digo “guiaros”, ya que usted mismo deberá hacer este viaje: Aconsejo que tratéis de prepararos, mental y espiritualmente.
–Lo entiendo.
Ambos se sumieron en un reflexivo mutismo por casi quince minutos. Günther no estaba seguro de que alguien pudiera “prepararse” para lo que un ser de tal poder mágico pudiera hacer, pero… Qué diablos, como diría –o casi– Eduardo, atravesar lo desconocido era su estado normal de las últimas semanas.
Por fin el olimpiar sonrió satisfecho, alzando la cabeza.
–Creo que he hallado un medio adecuado. ¿Me acompañaríais en un pequeño viaje?
–Bueno, justo en este momento…
–Oh, sé bien que tenéis otros compromisos. Pero lo bueno de ser quien soy por gracia de Zeus es que puedo llevaros ahora, desde aquí… y traeros de vuelta en solo unos minutos. El sitio al que iremos no está dentro de este mundo y el tiempo puede… hum… ser manejado.
–En ese caso, doctor, no tengo más que decir. Usted guía.
Con una leve inclinación de cabeza el chemaiar se puso de pie e invocó su caduceo, muy similar al bastón que usaba el alemán. Cuando notó que el otro estaba a su lado lo alzó y ante ellos se abrió un portal, una rielante rasgadura en el tejido de la realidad.
–Seguidme y no os separéis de mi, doctor.
Atravesaron el portal y se encontraron en medio de un bosque no muy frondoso pero de vegetación exuberante, vívida y muy colorida. Parecía extenderse totalmente a su alrededor, con claros aquí y allá, iluminado por un sol de mediodía límpido y cálido.
–¿Dónde estamos? –preguntó Günther.
–En la isla Eea… La real, en la que está el palacio de Circe. Al igual que Ogigia y otras, pasaron al reino de Ólympos cuando se alzó la Barrera.
–Oh, por eso los que las querían ubicar en el Mediterráneo no lo lograron.
–Los sitios mágicos pertenecen a los mundos mágicos, Sanador Púrpura. Es una ley no escrita de la magia. En el caso de Eea, el palacio de la maga ocupa el valle central, a casi un dolichos en aquella dirección –su mano se movió hacia un lado–. Oh, perdón, eso significa poco más de dos de sus… ehm… kilómetros. No puedo dar mayor precisión.
–Esa me basta, doctor. La geografía tampoco es mi fuerte, aunque en realidad no tengo ganas de tratar con Circe ahora mismo.
–Oh, no es tan mala como la pintan algunas leyendas. No tuvo inconveniente en permitirnos usar el oeste de la isla como retiro… Tenemos a varios pacientes en recuperación.
Emprendieron el camino con paso tranquilo. El Sanador preguntó:
–¿Hay humanos en tierras chemaiari?
–Oh, sí… Hay humanos en todas las tierras que se separaron del mundo madre. Algunos llegaron por casualidad y otros conscientemente, pero vosotros los mortales sois muy adaptables… Aprendéis a vivir donde sea. En este caso, su presencia me ha permitido seguir practicando mi ciencia. Tal vez podáis darme algunas lecciones sobre medicina moderna, cuando todo esto termine.
–De mil amores…
Mientras hablaban habían llegado al borde del bosque. Estaban en un pequeño valle que terminaba en la costa, en el cual se habían levantado varios edificios. El central era una especie de palacete, pero todos tenían el estilo típico de las antiguas construcciones: rectángulos de piedra caliza y mármol con columnas dóricas en el frente, a la vez sencillos, prácticos y elegantes. Tenían amplios ventanales, para buena ventilación y circulación del aire.
–Os doy la bienvenida a mi pequeño nosokomeîon, doctor Goethe. Mis asistentes y yo atendemos a quienes podemos y, cuando es necesario someterlos a cuidados especiales, los traigo aquí para que se recuperen.
–Me siento honrado de conocerlo.
Hicieron una pequeña recorrida por aquel hospital, un poco primitivo pero bien organizado. Cada paciente tenía un pequeño cuarto muy limpio, los baños estaban en un sector alejado, bien organizados –tenían hasta un canal que servía para evacuar los residuos, que iban a dar a una fosa séptica externa que luego era “purificada por el poder de los dioses”, como explicó Asclepios, ya que la isla tenía ciertas propiedades mágicas muy convenientes.
Los pacientes eran de todo tipo, desde quienes habían sufrido accidentes con rotura de huesos a otros que tenían enfermedades más graves y, por lo tanto, debían ser aislados porque podían ser contagiosos. Estos casos eran, sin embargo, muy extraños y poco frecuentes, según el médico.
–Ah, aquí tenemos un buen caso –dijo el chemaiar, deteniéndose ante un paciente con la pierna vendada que yacía recostado en un catre–. Herida de flecha, un tonto accidente de caza. Pero el paciente no cuidó su higiene y ahora tiene fiebre alta.
–Una infección… –replicó Günther– Hoy en día, tratable con penicilina, suero antitetánico y antibióticos.
–Debo recordar estudiar eso –sonrió Asclepios–. Pero, de momento, no los tenemos disponibles. Sin embargo, vuestro poder debería poder curarlo.
–Nunca lo intenté… O sea, creo que podría cerrar la herida, pero la infección…
–También podréis con eso. Primero debéis concentraros en lo que ya sabéis: Cómo ataca el mal al hombre, dónde y por qué se manifiesta… Incluso podéis usar vuestro propio poder para diagnosticarlo. Una vez que hayáis comprendido contra qué os enfrentáis, sabréis a qué atacar y cómo hacerlo. En ese momento debéis poner en juego vuestra verdadera fuerza espiritual: Esa compasión y amor por la vida que pude percibir desde antes de veros. Y usarla para moldear y descargar el poder, para vencer al enemigo.
El rostro del alemán mostraba ciertas dudas.
–Tranquilo. Sé que el poder está en vuestro corazón y cuerpo. En ese momento crucial, olvidad la mente: Es el corazón el que debe mandar, el que expulsa a la enfermedad. La mente dice contra qué peleamos, pero es el corazón el que gana la batalla… Y vos tenéis corazón de sobra. No temáis mostrar la luz de vuestra alma, contra la cual la aflicción no podrá resistir.
–Bien… Creo que lo entiendo.
–¡Dejad las dudas de lado, y adelante!
Günther descubrió la pierna del hombre, extendió sus manos sobre la inflamada herida y se relajó, centrándose en su “visión profesional”. Mientras su mente analítica procesaba todo lo que veía, una serie de sensaciones comenzaron a llegar a él… De pronto supo cual era el grado de avance de aquella infección e incluso pudo identificar el patógeno. Los datos parecían saltar de sus palmas directo a su cerebro. Y, comprendiendo que no tenía mucho tiempo para detener aquel proceso, fueron su empatía y su piedad las que se dispararon: Compartía el sufrimiento del enfermo, pero también estaba deseando con toda su alma ayudarlo. Aquella sensación que había vivido en Manka-Ngen, en su sueño, volvió a él con fuerza… Y la luz de sus manos brilló con más intensidad. Cerró los ojos y la dejó fluir hasta que una especie de niebla negra salió del paciente, dispersándose en el aire.
–¡Os lo dije! –exclamó Asclepios– ¡Sois el mejor sanador que he visto en milenios!
El alemán abrió los ojos y contempló su obra: La herida estaba casi cerrada, la inflamación había desaparecido y la fiebre había remitido.
–La curación ha sido exitosa –confirmó el olimpiar –. Ni yo mismo lo hubiera hecho mejor, doctor Goethe… Ya lo comprendisteis, solo debéis practicar. Venid, hemos de aprovechar el tiempo.

Cuando Günther regresó al hotel aquella tarde estaba cansado, pero muy satisfecho: Ahora sabía lo que podía hacer… Y cómo podía ayudar a sus amigos.

Sobre el autor

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Néstor E. Catalogna

Más de medio siglo como fan de la Fantasía, la Ciencia Ficción, el comic y sobre todo de LOS LIBROS. Primer Metaviajero, fabricante de varitas y creador de Universos.

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