Una pequeña aventura del Tecnosamurái Blanco
Tatsúo Yoshida –también conocido como el Tecnosamurái Blanco o, según el humor del resto de la Orden en ese momento, “este mocoso insoportable”– verificó el cierre de la valija especial que contenía su uniforme y armas –otra creación de Nikolai, que había hecho una para cada uno– y decidió que podía pasar el tiempo restante hasta la hora de cenar haciendo un poco de tai-chi en la terraza.
Los tres Metaviajeros habían llegado a aquel hotel de Las Palmas –en las islas Canarias– tras un viaje tranquilo, todavía un poco tristes por la separación de sus amigos. Su próximo destino era la flota que se dirigía hacia la isla misteriosa aparecida en el Atlántico durante la caída de la barrera.
Lo que lo sorprendió al salir al techo fue encontrarse con la alta figura de Horus, el ankhar. Aunque sabía que aquel chemaiar se uniría a la delegación de la ONU que integraba la misión Beta, no esperaba encontrárselo ahí… Supuso que se aparecería directamente en el barco en medio de un destello de luz o humo o una nube de arena, lo que fuera que hicieran aquellos poderosos seres transdimensionales.
Pero el hombretón de cabeza de halcón estaba allí tranquilamente, ataviado con un conjunto de pantalón y camisa de lino y con la mirada perdida en el horizonte, como cualquier turista que contemplara el atardecer.
–Buenas tardes, joven guerrero –lo saludó al advertir su presencia.
–Buenas tardes, Horus… –replicó con una breve reverencia– ¿Disfrutando el paisaje?
–Oh, por cierto. A veces creo que vosotros, los humanos, no apreciáis debidamente las maravillas de vuestro propio mundo. Mar a un lado, bosques y montañas al otro, las fuerzas de la Creación remodelando todo a cada paso…
–Bueno, debo estar de acuerdo con algo: Conozco a muchos no se detienen siquiera a oler una flor… Pero también a varios maestros con los que sin duda le gustaría hablar largo y tendido. Sin embargo, debo disculparme: No era mi intención molestarlo en sus reflexiones. Me ubicaré por allá y lo dejaré tranquilo.
–No hay por qué disculparse. Como decíais, solo “disfruto el paisaje”.
Tatsúo inclinó levemente la cabeza y se alejó mientras los ojos del halcón volvían a centrarse en la lejanía. Encontró un rincón de la amplia terraza que parecía adecuado –bastante lejos del acceso, con vista a la bahía y a los montes centrales de la isla y una agradable brisa– y comenzó la rutina de elongaciones y estiramientos que pronto se transformó en una especie de danza lenta a la que acompasó su respiración.
La práctica del Tai-chi se había vuelto habitual en su rutina durante el entrenamiento de la Orden en Escocia. Allí había tenido excelentes maestros de lucha con los que pulir sus habilidades, incluyendo a un anciano instructor nacido en Myanmar (antes llamada Birmania y colonia inglesa hasta 1948) que usaba esta mezcla de arte marcial, danza y ejercicio físico-espiritual para focalizar sus energías. El hiperactivo japonés había dudado al principio, para luego descubrir que efectivamente tenía en sus manos una herramienta poderosa para calmar y concentrar su espíritu. Para su propia sorpresa y la de sus amigos se había transformado rápidamente en un adepto, lo que mejoró sus habilidades de batalla tanto a mano limpia como con la espada.
El ankhar se interesó en él nuevamente tras poco más de una hora de ejercicios cuando, ya satisfecho de contemplar aquel paisaje, se volvió como para regresar a su habitación. Tatsúo hacía en ese momento varios movimientos que combinaban ataque y defensa, regulando solamente la velocidad. La serie culminaba con la pose de “sostener la esfera”, en la que brazos y manos se acomodaban como si tuviera una pelota entre las palmas y la abrazara suavemente. Y justo en ese momento la aguda visión de Horus notó algo que ni el propio Tecnosamurái había advertido.
–¡Extraordinario! –murmuró mientras se acercaba.
El japonés lo vio llegar mientras hacía un nuevo giro y se detuvo suavemente, haciendo una pequeña reverencia.
–¿Puedo ayudarlo en algo?
–No quise perturbaros… pero sus movimientos llamaron mi atención. ¿Son algún tipo de ejercicios?
–Efectivamente, el tai-chi es una forma de ejercicio lento destinada a equilibrar y aumentar la concentración, que se originó en China y hoy se practica en todo el mundo. Personalmente, he encontrado muchas ventajas en estas rutinas.
–Hum… La búsqueda del equilibrio interno siempre es un fin loable en sí mismo. Me gustaría aprender más sobre esto.
–Sería un honor enseñarle, si tiene tiempo.
–Tiempo es, por lo general, todo lo que tenemos los chemaiari. Aceptaré su instrucción, ya que me interesa aprender cosas nuevas.
Todavía un poco sorprendido, Tatsúo comenzó con los movimientos básicos.
Un par de días después ya era habitual verlos a ambos en la terraza o el jardín, en perfecta sincronía, practicando con fluidez aquel arte. El chemaiar se había adaptado en un santiamén, aprendiendo rápidamente las rutinas y secuencias.
Justamente el día antes de su embarque hacia la flota Horus se decidió por fin a tener una charla más seria con el japonés. Estaban terminando la sesión cuando, deteniéndose, le preguntó a bocajarro:
–¿No has notado nada extraño al culminar esta secuencia en particular?
–Hum… No sabría qué decirle –respondió Tatsúo, sorprendido–. ¿A qué se refiere con “extraño”? ¿Vibraciones, dolores, algo así?
–Ya entiendo… No lo has visto.
–Confieso que yo no entiendo absolutamente nada. ¿Qué debería haber visto?
Horus suspiró profundamente y ordenó sus pensamientos. Quería ser claro, aunque no estaba seguro de cómo.
–Algunas de vuestras leyendas e incluso vuestra ciencia suelen hablar elogiosamente de los ojos del halcón, atribuyéndoles no solo gran agudeza y alcance sino algunas otras propiedades. En mi caso, al menos, esto es totalmente cierto. Mis ojos me permiten ver más allá, incluso, de este plano físico.
–Lo entiendo. ¿Significa, entonces, que ha visto algo que al resto se nos escapó?
–Así podría decirse. Lo que he notado es que cuando tú practicas tai-chi haces mucho más que equilibrar tus energías internas: También manipulas, aunque no lo sepas, otras energías a tu alrededor.
–Ahora sí que me dejó sin palabras… ¿A qué energías se refiere?
–Sé que tu compañero, el Chamán, percibe lo que llaman “el aura” de las personas. Y que vuestra Maga Azul es capaz de escuchar las voces de los vientos. También el Sanador, cuando usa su maravilloso poder, está bebiendo de esa fuente. Ese es el tipo de energías al que me refiero. No solo energía mágica, también natural. La energía viva que nos rodea en todo momento –Pensó unos instantes, cabizbajo–. Me es muy difícil explicarlo con palabras mortales. ¿Aceptarías compartir brevemente mi propia visión? ¿Mirar el mundo a través de los ojos del halcón?
Tatsúo no cabía en sí de gozo. Algo en su interior le decía que aquello iba a ser muy interesante.
–¡Ya lo creo que sí! Es un gran honor aprender de un maestro… Y más tratándose de alguien con su experiencia y conocimientos.
–De acuerdo, entonces. Relájate y prepárate, porque puede ser un poco difícil al principio.
Alzó sus manos sobre la cabeza del japonés y formuló un hechizo en su antigua lengua. Cuando sus palmas comenzaron a brillar las bajó sobre los ojos del Metaviajero, que sintió cómo aquella luz inundaba sus pupilas, maravillándose a la vez de que no lo hubiera cegado.
–Ya está hecho… –dijo el ankhar– Ahora, abre tus ojos y mira.
La cascada de colores y sensaciones que invadió a Tatsúo le provocó un impacto casi físico, haciéndolo lagrimear y parpadear como si hubiera quedado deslumbrado… y, en cierto modo, eso era lo que había pasado. Ahora veía al mundo de una forma que ni siquiera hubiera creído posible: No solo las formas físicas, también las auras y las corrientes de energía de múltiples colores que se generaban a cada segundo, los intrincados dibujos que formaban al cruzarse… Era simplemente maravilloso.
–Uaaaaau… –murmuró– ¿Así ve el mundo todo el tiempo?
–Esto es solo una parte. Lo reduje para no cegarte completamente o hacerte enloquecer. Ahora, quiero que repitas esa última secuencia… Y veas lo que sucede.
Aún asombrado, el Tecnosamurái volvió a la primera posición. Sus piernas y brazos se movieron como lo habían hecho antes, pero esta vez notaba también las corrientes que lo rodeaban… y la forma en que se iban disponiendo y concentrando. Cuando llegó a la posición final supo que realmente estaba sosteniendo una esfera: Una gran bola de pura luz que se había formado entre sus palmas.
–¡Muy bien! –lo felicitó su compañero– Ahora, concéntrate en un punto central y presiona. Obliga a la energía a concentrarse.
Aquella era la parte difícil: Las energías presentaban una resistencia activa que ahora notaba no solo con la vista, como negándose a cooperar. Le costó al menos diez intentos reducir unos milímetros la bola luminosa que sostenía… Y el resultado fue un poco decepcionante.
–¡Maldición! Ahí se escapó de nuevo…
–Deberás aprender la paciencia –casi hubiera jurado que las comisuras del pico del halcón se curvaban hacia arriba, sonriendo–. Pero estás bien encaminado. Practícalo a diario y en un tiempo lo dominarás.
–¿Realmente cree que lo consiga? –preguntó, recordando sus frustrados intentos por conseguir “la bola de energía” en las semanas anteriores –Por favor, prefiero la sinceridad a la falsa esperanza.
–Mis palabras nunca son vanas, guerrero –Horus liberó el hechizo y el joven volvió a su vista normal–. Ahora, aunque no veas, conoces la sensación de lo que acabas de hacer. Concentra tu voluntad en tus manos, calma tu mente y aplica la disciplina… Tú mismo te sorprenderás de los resultados.
–¡Domo arigato, sensei! –replicó con una profunda reverencia– Sus palabras me honran tanto como su enseñanza. Confío en que algún día este pobre discípulo podrá aprovecharlas.
–Me complace tu actitud, Tecnosamurái Blanco. Tú y tus ancestros deben sentirse orgullosos… Y tal vez, en el incierto futuro, esa habilidad te permita hacer cosas extraordinarias. Solo recuerda y practica. Pero, ahora, temo que tenemos una cita con tus compañeros…
–Es lamentablemente cierto. Si me disculpa, iré a ducharme y cambiarme.
–Ve, prepárate. Oh, pero antes… Quiero agradecerte por enseñarme este… Tai chi. Veo que hasta los inmortales podemos aprender, de vez en cuando. Este mundo tiene muchas sorpresas.
Intercambiaron un par de cumplidos más y el japonés se apresuró a entrar en el hotel para refrescarse. Horus se lo quedó mirando mientras se iba y murmuró:
–Si, ya lo creo… Tenéis un gran futuro, Metaviajeros. Mucho más de lo que soñáis.